domingo, 31 de mayo de 2026

SANTA CLARA: ENTRE RECUERDOS, CALLES Y SABORES

Hay lugares que nunca abandonamos, aunque hayan cambiado por completo. Santa Clara es uno de ellos. Allí transcurrieron los años más felices de mi infancia y juventud, entre las décadas de los setenta, ochenta y parte de los noventa. Fue el lugar donde aprendí mis primeras lecciones de la mano de la señorita Rogelia y la señorita Kata, donde crecí rodeado de tranquilidad, de amplios campos y de una forma de vida que hoy parece pertenecer a otro tiempo. 

Recuerdo cuando gran parte de lo que hoy ocupa la Asociación Hijos de Apurímac era el viñedo del señor Peirano. A ambos lados de la Carretera Central se extendían chacras que hoy han sido reemplazadas por urbanizaciones. Permanecen en mi memoria la bodega La Peruana, la farmacia y la panadería de la familia Nakada, así como aquellas visitas junto a mi padre al establo donde comprábamos las tradicionales botellas de leche, lugar donde actualmente se levanta la Universidad Científica del Sur.

También vienen a mi memoria las carreras desde Santa Elena hasta la parte más alta del cerro. En una de esas caminatas llegamos a descubrir una hermosa casa de campo, rodeada de jardines y chacras, como si quisiera permanecer escondida del mundo. Más allá solo se veía un inmenso paisaje cubierto de un fino polvo blanco; nunca supe si era yeso o algún otro mineral, pero aquella imagen quedó grabada para siempre en mi memoria. 

Las madrugadas también tenían su encanto. Salíamos a correr hasta el cementerio, pasando por las ruinas de Huanchihuaylas y siguiendo el camino hacia el Hotel El Pueblo. En el trayecto aparecían lugares que hoy forman parte de la historia de Santa Clara: el emblemático restaurante Granja Azul y su campo de golf, verdaderos referentes de la zona. 

Los fines de semana tenían como punto de encuentro Cervatel, donde disfrutábamos jugando básquet, nadando en sus piscinas o compartiendo una partida de billar. Más adelante descubrí el fisicoculturismo en el primer gimnasio que existió en Santa Clara, propiedad de Alfredo, un personaje inolvidable, apasionado por las barras y el entrenamiento físico. Su primer local estaba junto a una ladrillera, en un lugar donde hoy existe una urbanización cercana al colegio Innova Schools. Posteriormente trasladó el gimnasio a la calle María Parado de Bellido. Allí también se organizaban campeonatos de vóley y existía un pequeño espacio para practicar golf. Con el tiempo, uno de sus alumnos abrió otro gimnasio en la antigua casa hacienda, aquella de los dos torreones que muchos recordarán y donde actualmente funciona la Galería Santa Clara, frente al Parque Cívico y junto a la comisaría.

Detrás de esa galería se encontraba la única ferretería del pueblo, reconocible por el enorme árbol que la distinguía y que quedaba exactamente frente a la posta médica. Siempre me ha quedado una duda que quizá algún antiguo vecino pueda resolver: ¿cuál fue realmente la primera farmacia de Santa Clara? ¿La del señor Verano, ubicada en la avenida Independencia, o la de la señorita Nakada, en la avenida Central?.

Sin embargo, a partir de mediados de los años noventa comenzó una transformación acelerada. Las chacras desaparecieron para dar paso a invasiones, urbanizaciones y construcciones sobre cerros y laderas. El paisaje cambió por completo. Caminar dejó de ser la costumbre para dar paso al mototaxi; la bicicleta fue reemplazada por las combis; el crecimiento urbano llegó acompañado de desorden, congestión y pérdida de muchos espacios naturales. 

Muchos llaman a este proceso evolución o modernización. Personalmente, lo percibo como una involución. No porque el progreso sea negativo, sino porque el crecimiento se produjo sin planificación, impulsado por una deficiente gestión urbana y por la pérdida de muchos valores que caracterizaban a la comunidad de entonces. La tranquilidad, la seguridad y el sentido de pertenencia fueron dando paso al caos y a la inseguridad que hoy conocemos. 

Precisamente de esa mezcla de recuerdos, gratitud y nostalgia nacieron estas dos canciones dedicadas a Santa Clara. Ambas cuentan la misma historia, pero desde dos emociones diferentes: una con un ritmo pausado y melancólico, que invita a recordar; y otra con un estilo rockero, que expresa la fuerza y la intensidad de los cambios vividos. Más que canciones, son un homenaje a la Santa Clara que muchos conocimos y que sigue viva en nuestra memoria, aunque el paso del tiempo haya transformado para siempre su paisaje.

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